El viaje de Karima: huida en solitario de la miseria
"Lo he pasado muy mal en mi vida, muy mal, pero gracias a Dios, ahora estoy muy bien". Es el resumen del viaje vital de Karima, una joven que pisó el País Vasco por primera vez cuando tenía 16 años. La última casualidad de una huida hacia adelante le trajo a Bilbao una lluviosa noche de enero, en 2012. Hoy en día, ha logrado reunir el coraje suficiente para poder mirar atrás y sentirse orgullosa de un camino que no cambiaría. Es el camino que le sacó de la miseria, donde aún vive su familia.
Nació en Mequinez (Meknas, en bereber), una población marroquí de medio millón de habitantes, el 23 de febrero de 1995. Es la tercera de siete hermanos. Antes que ella, su hermano mayor también trazó su propio camino a Europa. Karima decidió hacerlo sola, sin ayuda de nadie y sin ni siquiera avisar a su familia.
"Yo era la responsable de mis hermanos. Estudiaba por las mañanas y trabajaba por las tardes, para ayudar a mi madre, en un mercadillo. Para cuando volvía mi madre, yo tenía que dejar perfecta la casa y salir a vender bolsos, tabaco, pañuelos, chicles...", explica Karima. A pesar de llevar el peso económico de la familia, su madre no estaba sola.
Por las noches, su padre llegaba a casa. "Venía borracho y peleaba con mi madre. Mi hermano pequeño se escondía de él. Todos los días era lo mismo", lamenta. Karima intentó convencer muchas veces a su madre de que le dejara, pero como es habitual, la presión familiar terminaba con cualquier esperanza. Ambas escucharon en numerosas ocasiones que lo hiciera "por sus hijos" y la promesa de que esta sería "la última vez", pero siempre llegaba la próxima vez.
Karima explica que, en Marruecos, la supervivencia está reservada para los ricos. Una noche, su hermana se quemó cocinando con una olla. Su madre la llevó al hospital, pero tuvo que ir ella misma a una farmacia de guardia para comprar vendas. "En el hospital no te dan nada", lamenta Karima, que escapó de un país donde la fiscalidad eterniza las desigualdades, a pesar del aumento del PIB, y condena a la población a no salir de la pobreza, entre servicios públicos casi inexistentes, paro y discriminación. "Allí no se puede vivir", remata.
Una huida en soledad
Un día, Karima dijo que no. "Me dolía el corazón y cada cierto tiempo me desmayaba", relata. La presión de la miseria pudo con ella, y por eso, decidió escapar. Se llevó parte del dinero que ahorraba para su familia y, sin avisar a su madre ni a sus hermanos, cogió un autobús a Tánger. "No sabía ni adónde iba. Elegí Tánger porque hay muchos turistas europeos" a los que poder vender o pedir.
Cuando llegó a la quinta ciudad de Marruecos, se encontraba completamente sola. "Iba a la tienda, compraba pañuelitos y me iba a los bares. Allí los vendía", cuenta Karima. Pasó siete meses en el mismo pijama y las mismas zapatillas, viviendo de los restos que deja el turismo en la puerta de entrada al país africano, a tan solo 30 kilómetros de Tarifa. Su único hogar fue la calle. Allí "había de todo", pero nunca volvería atrás. Las veces que ha vuelto al hogar de su infancia solo han servido para confirmar que escapar de la miseria fue una buena decisión.

En Tánger, se unen el crecimiento económico de Marruecos y los menores migrantes. Imagen: EiTB.
Karima es una de las menores que, en su trayecto, han sido víctimas de violencia física o sexual. En Tánger, Karima fue violada. "Me pasó algo muy malo. Me violaron", cuenta escuetamente. Su dolor es visible cuando recuerda la pesadilla que sufrió en las calles de Tánger. Karima no llegó a denunciarlo ante la policía. Además, la violación le trajo problemas con el novio adolescente que había dejado en Mequinez.
"Él no sabía nada de mí. Cuando me quitaron la virginidad en Tánger, le llamé y se lo dije. Le conté la verdad, que me violaron, y que no pude ir a la policía. Me contestó que era mentira y que no quería saber nada más de mí", relata.
Tánger está a casi 80 kilómetros de Ceuta, una distancia que Karima hizo en numerosas ocasiones. Su objetivo era cruzar la frontera con la Unión Europea, y lo consiguió tras varios intentos, el 1 de enero de 2012. "Tenía mucho miedo. Por las vallas no puedes entrar, pero hay dos puertas. Te pones en la fila donde está todo el mundo, y si tienes suerte, te puedes escapar de la Policía, que revisa los pasaportes, aprovechando cuando están hablando entre ellos", explica.
Entrar en España y coger un barco a la Península Ibérica fue cuestión de un cuarto de hora. La misma técnica que le había acercado al sueño esperado durante tanto tiempo le permitió colarse en un ferri con dirección a Algeciras. Se escondió en los baños hasta que el barco llegó a las costas de Cádiz.

Viaje en barco entre Ceuta y Algeciras. Foto: EiTB.
Karima se sentía una niña con suerte, porque gracias a ser "bajita y delgada" pudo escabullirse entre la gente, que se agolpaba en la frontera en plena Navidad, y evitar los controles de pasaportes. Durante su viaje, ha conocido muchos casos con peor suerte. "Ves a todo el mundo debajo del camión. La Policía mira con las linternas a ver si hay gente. Hay muchos niños a los que se les rompe la cabeza al resbalarse", cuenta. En sus vueltas a Marruecos, cada vez observa a más niños que quieren salir: "Ahora bajo y veo a todos los niños esperando, buscando una oportunidad para escapar".
A Bilbao en el coche de una mujer marroquí
En Algeciras, sobrevivió exactamente igual que lo hizo en Tánger: sola, en la calle, en el mismo pijama y las mismas zapatillas que los últimos meses. Al cuarto día, en la calle, una mujer marroquí de unos 50 años se le acercó, la invitó a comer en un restaurante y le contó que viajaba a Bilbao en coche. "Tengo un tío ahí", se inventó Karima.
Fue la excusa perfecta para cambiar de aires y llegar a aquel lugar que desconocía, quizá queriéndose aferrar a una mujer que le había ayudado y hablaba su propio idioma. Cayó rendida al montarse en el coche y durmió las más de 10 horas de trayecto.
Bilbao la recibió lluviosa. Tenía mucho miedo, y lo primero que hizo fue desprenderse de la que había sido su salvadora: "Le dije que hablaría con mi tío por Facebook y que me vendría a buscar". Hoy en día, le gustaría volver a verla para agradecerle todo lo que hizo por ella durante ese breve espacio de tiempo.
Cuando se fue, llegó la Ertzaintza. "Me vieron con esas pintas y llegó la Policía. Yo me asusté. Hasta me oriné encima. Estuve cinco horas en la comisaría. Hablaban entre ellos y no entendía nada", cuenta. Le dieron un bocadillo, un refresco y mucha, mucha agua. Allí empezó otro capítulo para Karima, en el que siendo menor, pasó a estar tutelada por los servicios de acogida.
Cuando llegó, esa misma madrugada, a su primer centro de menores (Argileku, en Barakaldo), pensó que sería su centro de trabajo. "Nosotros no teníamos centros así en Marruecos. Era un piso limpio, cada uno en su habitación… Llegaron las monjas y pensaba que iba a trabajar, pero me di una ducha, me dieron un pijama y me dormí", explica.
Al día siguiente, otras menores marroquíes y las educadoras le explicaron su situación. Pudo hablar por teléfono con su madre, que no sabía nada de ella desde que dejó Mequinez. "Estaba muy asustada. Le habían dado infartos y le tuvieron que operar desde que me fui. Al escucharme, se quedó más tranquila", recuerda Karima, que no se arrepiente de ninguno de sus pasos.
La historia de Karima, que solo hablaba árabe y "lo pasaba mal" al no entender ni castellano ni euskera, continúa en un duro proceso de adaptación, pero siempre con la fuerza que le hizo dejar a su familia en busca de, sencillamente, un futuro. Durante su estancia en Bilbao, sufrió violencia de género de un novio que terminó marchándose a Alemania. Recibió el apoyo de educadoras, psicólogas y médicos en una red de acogida que incluye cursos, Formación Profesional y prácticas laborales.
Hoy en día, Karima es mayor de edad, y puede contar que reside y trabaja en Bilbao. Es cocinera en un restaurante céntrico de la capital vizcaína, y ha logrado que su hermana viva con ella, llegada desde otro punto de Europa. Ahora busca trabajo para ella.
Vuelve al menos una vez al año a su país, donde explica que le espera un novio, y ayuda rigurosamente a su madre, para quien ha llegado a comprar una nueva casa en Mequinez, lejos de su barrio marginal. Karima tiene 24 años, y a pesar de que su viaje parece tan largo como toda una vida, se siente fuerte para volver la vista hacia atrás y sonreír: "Lo he superado". Ahora ya llega a ver otro futuro en el horizonte.
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