Bilbao hace suyas las canciones de Sting
Sting (nacido Gordon Matthew Thomas Sumner en Wallsend, Reino Unido, en 1951) comenzó anoche en Bilbao (todas las entradas vendidas, en el Bilbao Arena de Miribilla) un nuevo tramo de su extensa gira "My songs", que arrancó en 2019 y se apoya en el disco que le da nombre, donde el bajista, cantante y compositor británico regrabó muy bien acompañado varios éxitos publicados tanto bajo el sello de The Police como durante su carrera en solitario.
El público, mayoritariamente de mediana edad y previo pago de una entrada establecida ya como norma alrededor de los 80 euros en conciertos de artistas de renombre internacional, respondió con placer a la primera embestida del septeto: el clásico de The Police "Message in a bottle" ¡Cómo no hacerlo ante tamaña invitación! Es lo que tiene jugar con cartas -canciones- ganadoras de antemano.
Y es que -lo adelanto- se puede hablar de un concierto, se puede discutir la actitud de un músico (inmejorable anoche, y destacable en alguien que lo tiene ya todo, popularidad, prestigio y ventas), describir el sonido y la iluminación (sonido cristalino y proyecciones tras el escenario), medir la pericia de los músicos en su instrumento (el sempiterno escudero Dominic Miller a la guitarra, tan eficaz como siempre, Zach Jones a la batería, quien no fracasa en la tarea de emular el trabajo en las grabaciones de Stewart Copeland, Omar Hakim, Vinnie Colaiuta o Manu Katché, algunos de los mejor baterías de la historia de la música popular, dos coristas, un teclado y Shane Sager a la armónica), desgranar el repertorio (no faltaron clásicos) e incluso transcribir sus melodías, pero es verdaderamente complicado y no sé si apropiado racionalizar, más allá de eso, los impulsos, la magia, el arrebato que genera en nosotros o nosotras un acorde perfecto, una melodía excelente o un preciso golpe de batería. Ya dijo Frank Zappa que hablar sobre música es como bailar sobre arquitectura, un imposible; pero vamos ello: intentaremos seguir naufragando mientras buscamos lo imposible, qué le vamos a hacer.
Una hora antes del estallido que generaron los arpegios de "Message in a bottle", Joe Sumner, hijo de Sting, tuvo la responsabilidad de caldear el ambiente durante media hora, acompañado solo de su voz y una guitarra electroacústica que tocó a veces sobre bases pregrabadas.
Sumner presentó un repertorio de canciones pop, coloreadas en ocasiones por toques folkies, pero que no ofrecía demasiado interés, más allá de algunas subidas de intensidad aquí y allí. Puede ser un espectáculo agradable para ver en la terraza de un bar, por ejemplo, pero resultó bastante justo para la ocasión.
Sting, por su parte, arrancó la velada a las 22:00 horas con puntualidad absoluta, colgando sobre el hombro su icónico bajo Fender Precision del 53 y con un micrófono de diadema que le permitía movilidad absoluta, e impulsado por una primera parte de repertorio inmaculada: siguieron a "Message in a bottle" la cadenciosa "Englishman in New York", que introdujo la primera conversación de la noche ("Be yourself", cantaba Sting; "No matter what they say", contestaba el público), "Every little thing she does is magic" (The Police, de nuevo) e "If you love somebody set them free", canción ochentera, hortera pero cool, perteneciente a su primer disco en solitario, y que impuso el contrapunto lírico a la desagradable y asfixiante letra de "Every breath you take", que pondría minutos después patas arriba el pabellón ("Set them free" vs "I'll be watching you").
Llegó entonces el momento para que Sting pisara un poco el freno, pero el respiro en forma de varias canciones de medio tiempo tocó a su fin con una gran interpretación de "If I ever lost my faith in you", que incluyó, para terminar la pieza, fraseos vocales soul de Sting sobre la base rockerizada de la canción.
A continuación, en la parte media del concierto, Sting recuperó varias canciones de su carrera en solitario, sólida aunque decreciente en interés, y pudimos escuchar, por ejemplo, la emocionante y cadenciosa "Fields of gold", "Brand new day", "Shape of my heart" (¡vaya clase, esas armonías en tonos medios con el corista) y "Mad about you".
Sting es un maestro en convertir en interesantes sencillas texturas pop, en acomodar melodías memorables en estructuras interesantes, con ritmos sorprendentes y arreglos inesperados; y anoche hubo ocasión de disfrutarlo en ese tramo.
De todas maneras, si alguien no estaba gozando, seguro que la siguiente tanda de canciones le disipó todas las dudas. Difícilmente se le pueden poner pegas al bajo sincopado y los ecos reggae de "Walking on the moon", el clásico "So lonely", el ambiente árabe de "Desert rose" y la interpretación del mítico "Every breath you take", a la que siguió la primera pausa del concierto después de hora y media de música.
Dos minutos después de abandonar el escenario, el grupo estaba de vuelta, envuelto en luces rojas (no podían ser de otro color), para interpretar una versión extendida de "Roxanne", que mantiene el brío de los estribillos de The Police 45 años después de su publicación, en la que Sting se lució al bajo con un walking bass hipnótico y atronador (el sonido del bajo fue mejorando durante toda la noche, de un tanto pastos al principio a un tono ronco y ensordecedor al final).
El concierto terminó con una preciosa versión de "Fragile", que Sting dedicó a un amigo recientemente fallecido e interpretó más justo de voz que al principio de la noche, cuando lució sin guardarse nada. Las últimas dos canciones, por su parte, sonaron en su garganta sin apuros pero sin alardes.
"Thank you, Bilbao", se despidió hasta la próxima Sting, habiendo ya hecho nuestras sus canciones, convirtiendo lo individual en colectivo, como dicta el aspecto más valioso del arte. Cantar es lanzar un mensaje en una botella para que haga llegar a los y las demás una manera única de ver el mundo; anoche, Bilbao recibió el mensaje de Sting.
Si alguien se arrepiente de no haber ido a ver a Sting anoche, tendrá una oportunidad de redimirse el próximo 16 de diciembre en Pamplona.
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