Amalurra, ¿una alternativa de convivencia?
Amalurra (Tierra Madre en castellano) es el nombre de un proyecto comunitario que nació a principios de la década de los 90 como un "sueño de convivencia y unidad". Hoy en día es un proyecto de comunidades intencionales situadas en Artzentales (Bizkaia), Caparacena (Granada) y Can Cases (Barcelona) compuesta por unas 100 personas, entre adultos y niños.
Durante los años 1992 y 1993, Irene Goikolea impulsó la iniciativa de hacer un grupo de mujeres con el fin de despertar a lo femenino, "que estaba enterrado bajo la ética del patriarcado", explica ella misma. Así, compusieron un grupo formado por 16 mujeres. Después, impulsaron otro de hombres, "muchos eran parejas o amigos"; y, finalmente, crearon los círculos mixtos.
Goikolea explica que esa iniciativa no fue la de crear una comunidad en sí misma, "queríamos despertar el aspecto femenino, de descubrirnos y de conocernos más a fondo". Y, ese camino de compartir y de conocerse mutuamente impulsó "ese anhelo que habíamos tenido en los años 60, de vivir en comunidad y en la naturaleza", añade.
Así, en el año 1994, todas esas personas decidieron dar el paso y compraron entre todos unos terrenos en Artzentales, que llevaban más de 8 años abandonados. El sitio había sido ocupado anteriormente por la Congregación Sagrada Familia, y los edificios que conformaban el seminario estaban en ruinas, por lo que toda la comunidad se puso manos a la obra para dar vida a lo que en el pasado había sido "su sueño". Así, retiraron las zarzas que ocupaban todo el terreno, recuperaron la vegetación autóctona plantando miles de robles y reformaron los antiguos edificios para poder habitarlos.
Hoy en día, esas viviendas individuales conviven con espacios comunes al aire libre y con un complejo hostelero con el que ofrecen "algo más que un hotel", según los propios miembros de la comunidad; "contamos con espacios bonitos, de retiro, de reposo y para la reflexión", añade Goikolea. Vicente Sanz es un madrileño que lleva tres años visitando ese lugar "verano tras verano", y según él, "es un sitio que está vivo, donde hay una fuerza personal muy fuerte". Asimismo, Amparo Fernández, miembro de Amalurra Granada, comenta que ellos ofrecen "un ejemplo de alternativa de convivencia".
TALLERES, CURSOS Y CONFERENCIAS
Además de un espacio, la comunidad Amalurra ofrece diversos talleres, cursos y conferencias. Para ello cuentan con salas acondicionadas, un tipi, una réplica del laberinto de la catedral de Chartres y un temazcal (un baño de vapor que se usa en la medicina tradicional y religión de las culturas mesoamericanas y norteamericanas), entre otras cosas.

Los últimos tres veranos, además, han organizado la "Experience Week", siete días de convivencia en la que jóvenes de entre 15 y 30 años se reúnen para "disfrutar, compartir como vivir en comunidad y ayudar en las tareas de mantenimiento". Así, los alrededor de 30 asistentes han disfrutado este año de actividades en la naturaleza, de talleres y de excursiones al monte, entre otras cosas.
Ander, uno de los participantes, asegura que esa experiencia es una "oportunidad de salir de la rutina". Asimismo, el equipo coordinador de dicho programa explica que durante esa semana reflejan a los jóvenes "otra forma de vivir para contribuir al mundo".
POLÉMICA
A los tres meses de su andadura, fueron tachados de secta destructiva. Sin embargo, según explica Goikolea, "lo único que estábamos haciendo era investigar en nuestras emociones y tratar de desarrollar una competencia a nivel emocional, conscientes de que todo eso tiene muchos efectos en las relaciones y en la salud".
Así, los que formaban el grupo empezaron a tener "ciertos cambios". "Y eso trajo que la gente que nos conocía se sorprendiese", dice la fundadora de la comunidad. Además, explica que en 1993 invitaron a un grupo de indígenas americanos para que compartieran su tradición con ellos. Así, celebraron varias ceremonias de medicina en las que utilizan el peyote como elemento principal. "Todo esto movilizó el temor a lo desconocido y, amparado en estos encuentros, la fiscalía nos denunció por tráfico de drogas. Yo nunca tuve conciencia de que eso fuera una droga, sino que era, como ellos llamaban, la medicina del corazón", explica. De ese contexto salió ese primer conflicto, "no se entendió aquello y hubo quien lo utilizó para desprestigiarnos".
Paula Maella, miembro de la comunidad, asegura que la Asamblea General de la ONU, en el mes de septiembre del año 2007 aprobó "La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas" y en su artículo 24 específicamente señala que: "Los pueblos indígenas tienen derecho a sus propias medicinas ancestrales y a mantener sus prácticas de salud, incluida la conservación de sus plantas medicinales, animales y minerales de interés vital (...)"
Esa acusación fue muy seguida por los medios de comunicación. Sin embargo, el caso fue sobreseído, "pero esa noticia no tuvo el impacto que tuvieron las anteriores, por lo que aunque todo haya quedado clarificado, no se ha conocido tanto como se conocieron las denuncias", explica Maella.
Aseguran que durante mucho tiempo han tenido a todo el mundo en contra, "porque lo que se emite tiene un impacto muy grande, y la gente se lo cree, por lo que empezaron a tener dudas de nosotros", explica Irene Goikolea. "Se nos ha hecho parecer ser una secta", denuncia. Aclara que siempre han querido todo lo contrario: "abrirnos, ir hacia la gente y poder expresar lo que nos pasa".
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