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Todos somos Monago

Monago no es un metrosexual y tampoco puede ser considerado un lumbersexual, el nuevo tipo de triunfador: camisa de cuadros, mucho pelo, experto en redes sociales, un manitas capaz de arreglarlo todo.

Tengo unos días de regresiones en el tiempo. Cuando escucho las canciones de Mercedes Sosa y “El Pueblo Unido…” de Podemos, me siento en la Transición.

Luego, me parece que estoy viendo “Minority Report”. Esa película donde se descubrían los crímenes antes de que se produjeran tiene su traslación a la vida real con un superprograma informático de Hacienda que va a destapar los fraudes antes de se cometan.

Y ya, más cerca, me siento en el comienzo de la crisis cuando descubro que los bancos vuelven a hacer préstamos de alto riesgo, esos que se hacen a personas que no van a devolverlos para que se compren coches.

Todo es ayer, ese lugar donde se sienten más cómodas algunas personas como Esperanza Aguirre, a la que los exámenes de candidatos y relaciones peligrosas con imputados la hacen reconocer que no está en su mejor momento.

Monago querría estar diez días atrás, cuando le jaleaba el partido. Ahora, Rajoy no le recibe, por salir mucho y no hacer como él que se reserva para el momento koala y en el partido le desprecian. Seguramente, por sudar.

Pero Monago es un hombre fuera del tiempo: no es un metrosexual y tampoco puede ser considerado un lumbersexual, el nuevo tipo de triunfador: camisa de cuadros, mucho pelo, experto en redes sociales, un manitas capaz de arreglarlo todo.

Caramba, yo tampoco me retrato en él. Yo también soy Monago.

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