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La guerra de Siria se contagia al Líbano

Era prácticamente inevitable que la violencia de Siria se contagiase a Líbano y ya está, ya ha llegado.

Era prácticamente inevitable que la violencia de Siria se contagiase a Líbano y ya está, ya ha llegado. En los últimos días, ha habido duros combates entre partidarios y detractores del presidente sirio, Bashar El Assad, en la ciudad libanesa de Trípoli. También se han producido algunas escaramuzas en la frontera, y en Beirut, la capital, la tensión aumenta cada día.

Siria mantiene una gran capacidad de influencia en Líbano, donde hace apenas siete años tenía desplegados veinte mil soldados que ocupaban todo el Este del país. La mayoría de los sirios no consideran a Líbano un país independiente, sino una parte de Siria que les fue arrebatada por los colonialistas franceses hace un siglo.

Y, además, en Líbano se reproduce el esquema sectario de Siria, e incluso aumentado: en ese pequeño país, del tamaño de Navarra, viven cuatro millones de personas de 17 confesiones religiosas diferentes. Las más importantes son la cristiana, la musulmana chií, la musulmana suní y la drusa, y también hay una pequeña minoría alauí, la misma a la que pertenece Assad.

Por pura cuestión de simpatías y antipatías, hace ya tiempo que algunas de esas comunidades han tomado partido por Assad y otras se han puesto en contra. Si a eso se le añaden los intereses extranjeros, aquello se convierte en un polvorín.

Los sirios y los iraníes no están dispuestos a perder influencia en Líbano; por el contrario, los saudíes, los emiratos del Golfo y, en última instancia, los estadounidenses mueven sus hilos para debilitar esa influencia y para convertir Líbano en la retaguardia de los que luchan contra Assad. Líbano sufrió una tremenda guerra civil entre 1975 y 1990.

El fantasma de esa guerra vuelve a quitar el sueño.

Era prácticamente inevitable que la violencia de Siria se contagiase a Líbano y ya está, ya ha llegado. En los últimos días, ha habido duros combates entre partidarios y detractores del presidente sirio, Bashar El Assad, en la ciudad libanesa de Trípoli. También se han producido algunas escaramuzas en la frontera, y en Beirut, la capital, la tensión aumenta cada día. Siria mantiene una gran capacidad de influencia en Líbano, donde hace apenas siete años tenía desplegados veinte mil soldados que ocupaban todo el Este del país. La mayoría de los sirios no consideran a Líbano un país independiente, sino una parte de Siria que les fue arrebatada por los colonialistas franceses hace un siglo. Y, además, en Líbano se reproduce el esquema sectario de Siria, e incluso aumentado: en ese pequeño país, del tamaño de Navarra, viven cuatro millones de personas de 17 confesiones religiosas diferentes. Las más importantes son la cristiana, la musulmana chií, la musulmana suní y la drusa, y también hay una pequeña minoría alauí, la misma a la que pertenece Assad. Por pura cuestión de simpatías y antipatías, hace ya tiempo que algunas de esas comunidades han tomado partido por Assad y otras se han puesto en contra. Si a eso se le añaden los intereses extranjeros, aquello se convierte en un polvorín. Los sirios y los iraníes no están dispuestos a perder influencia en Líbano; por el contrario, los saudíes, los emiratos del Golfo y, en última instancia, los estadounidenses mueven sus hilos para debilitar esa influencia y para convertir Líbano en la retaguardia de los que luchan contra Assad. Líbano sufrió una tremenda guerra civil entre 1975 y 1990. El fantasma de esa guerra vuelve a quitar el sueño.

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