Trump ‘juega’ el Mundial para vender su relato del ‘America is Back’
Visitar la espectacular web de la Casa Blanca proporciona una experiencia cercana a la visualización de un tráiler de Hollywood. Helicópteros militares, cazas, banderas gigantes, fuegos artificiales y un líder carismático al frente, Donald Trump. Las imágenes evocan una narrativa: 'America is back'. Un país fuerte, victorioso y en marcha.
Es el relato que Trump quiere trasladar al mundo desde esta semana a través del mayor evento deportivo del mundo junto a los Juegos Olímpicos. Una cita, compartida con México y Canadá, que Trump ha buscado capitalizar desde el primer momento, situándose al frente del Grupo de Trabajo sobre el Mundial, algo muy poco habitual para un presidente, y priorizando este evento en sus exposiciones públicas.
“Será el Mundial más grande, seguro y extraordinario de la historia”, señaló Trump en presencia de Gianni Infantino, el presidente de la FIFA que hace unos meses le entregó el Premio de la Paz de este organismo.
Y es que, aunque se trata de un Campeonato del Mundo compartido, Estados Unidos ha abrazado desde el inicio el papel de anfitrión principal, y Trump ha buscado ser el rostro visible. En Estados Unidos, además, tendrán lugar el 75 % de los encuentros, incluyendo las dos semifinales y la final.
32 años después del Mundial de 1994, Estados Unidos vuelve a situarse en el epicentro del fútbol mundial, aunque ahora el deporte más popular del planeta es también uno de los deportes con mayor crecimiento en el país anfitrión. De hecho, se disputa con el beisbol ser el tercer deporte en Estados Unidos, tras el futbol americano y el baloncesto.
El 'sportwashing': Una cita para proyectar un relato
La utilización del deporte, tanto de grandes triunfos como de éxitos a nivel organizado, para la propaganda política es tan antigua como la organización de competiciones de carácter masivo. Desde el Mundial que Mussolini convirtió en escaparate del fascismo en 1934 o los Juegos Olímpicos de Hitler en Berlín (1936) -arruinados por Jesse Owens-, hasta los dos Mundiales precedentes, en Rusia y Qatar, a cuyos gobiernos también se acusó de sportwashing, los ejemplos se cuentan por decenas.
Un precedente asimilable al papel que quiere jugar Trump es el de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. En los estertores de la Guerra Fría, Ronald Reagan comprendió el valor simbólico de los Juegos y buscó asociarse a aquel éxito organizativo y deportivo.
Ahora, el Mundial otorga a Donald Trump una plataforma incomparable para proyectar la imagen de ‘su’ América, el relato de unos Estados Unidos que están de regreso y que vuelven a brillar. Y el líder estadounidense está decidido a aprovechar la oportunidad.
El politólogo y ex futbolista Jules Boykoff señala en su obra Red Card que el Mundial es esencialmente “un salvavidas político” para Trump, un evento a través del cual “envolverse en la emoción colectiva del deporte” a fin de “proyectar una imagen de liderazgo, unidad y éxito organizativo ante el mundo”.
La necesidad de ese sportwashing mencionada por Boykoff por parte de Trump no es caprichosa. Las cosas no van del todo bien para Trump. Sus índices de popularidad se encuentran en niveles muy bajos: las encuestas sitúan su aprobación entre 36 % y 40 %, cerca de su mínimo histórico. El caso Epstein sigue acechando al presidente, la economía no termina de carburar y la política internacional, especialmente el conflicto con Irán, está desgastando al líder norteamericano. El monumental abucheo que ha cosechado esta semana en el Madison Square Garden no deja de ser sintomático.
Las grietas de EE.UU.
El Mundial supone para Trump una oportunidad para proyectarse, aunque también implica riesgos, en la medida en que pueden aflorar las contradicciones entre la América que Trump quiere proyectar y las fricciones de la América real.
El Campeonato del Mundo necesita de lo que el escritor Jorge Dioni denomina economía del movimiento, es decir, de la circulación masiva de personas, capitales y servicios a través de fronteras. Y este tipo de economía necesita también de trabajadores precarizados, en su mayoría migrantes, que acepten las precarias condiciones de sectores muy intensivos en mano de obra.
La FIFA vende el Mundial como una celebración global y abierta, mientras la Administración Trump multiplica las restricciones para entrar en Estados Unidos, especialmente para los ciudadanos de algunos países.
Al respecto, el vicepresidente norteamericano JD Vance ha sido claro: “Todo el mundo es bienvenido a ver este increíble evento, pero cuando el tiempo acabe se tendrán que ir".
Las polémicas
Mientras, a falta de conocer si Trump logra finalmente transmitir la imagen del país que desea, diferentes polémicas han salpicado a la organización del Mundial a lo largo de los últimos meses.
El elevado precio de las entradas y la proliferación de elevados paquetes VIP, las condiciones laborales de los trabajadores vinculados al evento o los problemas de infraestructura y transporte en algunas sedes han copado los titulares de las informaciones vinculadas a la celebración del Mundial.
La cuestión de la seguridad es igualmente crítica. Este fin de semana nueve personas han resultado heridas en un tiroteo registrado en Kansas City, uno de los puntos neurálgicos del Mundial y base oficial de las selecciones de Argentina, Inglaterra, Países Bajos o Argelia.
En las últimas horas, los funcionarios en materia de inmigración de Estados Unidos han prohibido la entrada a un árbitro somalí seleccionado para arbitrar durante el Mundial, pese a que contaba con el visado. ¿La razón? Procedía de Somalia, uno de los países cuyos ciudadanos tienen mayores restricciones para acceder a Estados Unidos.
La selección de Irán también está enfrentando muchísimas complicaciones para poder disputar el campeonato. Asimismo, entre migrantes y aficionados existe el temor de que el ICE pueda practicar detenciones en el entorno de los estadios.
La América de Trump se arriesga a colisionar con la otra América, la retratada en las canciones de Kendrick Lamar y Jason Isbell, o en los textos de Ta-Nehisi Coates o Sarah Kendzior. Visiones menos triunfalistas y más conscientes de las fracturas del país. Ahora, está por ver cuál de los relatos se termina imponiendo.
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