De Boston a Kansas City pasando por Chicago, las ventajas y riesgos de acoger un Mundial
Imagen de marca relacionada con el Mundial de 2026 en Estados Unidos, Canada y México. Foto: Europa Press
En Boston, la ciudad más europea de Estados Unidos, la celebración del Mundial de fútbol este verano trae de cabeza a instituciones y vecinos. La última polémica tiene que ver con quién paga la seguridad. El comité organizador y los fondos federales no llegaban para cubrir el despliegue de seguridad que exige el evento. Al final, el empresario y filántropo Robert Kraft ha tenido que acudir al rescate y adelantar los costes de seguridad.
Mientras, en Kansas City, ciudad del Midwest más modesta que Bostón, la llegada del Mundial es vista como una oportunidad para reposicionarse y existe una gran expectativa con respecto a la cita. En paralelo, no obstante, existe preocupación por que el Mundial pueda agravar la crisis de vivienda, incrementar el precio del coste de vida y favorecer una dependencia excesiva de un sector tan precario como el turístico.
Es evidente que la celebración de un Mundial es un negocio redondo para la FIFA, pero no está tan claro que lo sea para las ciudades que lo acogen. Existen casos de éxito, aunque también una larga lista de ciudades que han salido trasquiladas. Economistas como Andrew Zimbalist, destacado analista de la economía e industria del deporte, lo han analizado ampliamente.
En su obra Circus Maximus, tras analizar el impacto de diferentes Mundiales y Juegos Olímpicos, concluye que casos como los Juegos Olímpicos de Barcelona o Los Ángeles fueron “excepcionales”. “La clave es que los eventos deportivos se adaptaron a la ciudad anfitriona, y no al revés”, indica Zimbalist, muy crítico con el COI y la FIFA.
Las renuncias
Las dudas de Bilbao y Donostia sobre su participación como sedes del Mundial de España, Portugal y Marruecos en 2030 surgen después de las renuncias de Gijón, Málaga y A Coruña a acoger partidos del torneo. Además, se producen en un momento en el que desde Estados Unidos llega un goteo de noticias relacionadas con problemas en relación con el Mundial
En el caso del Campeonato del Mundo que desde el 11 de junio se celebra en Norteamérica, el torneo se disputará en 11 sedes de Estados Unidos, 2 de Canadá y 3 de México.
Entre todas las ciudades anfitrionas, Kansas City es la de menor tamaño, una ciudad de 520.000 habitantes, con alrededor de 2,2 millones en su área metropolitana (el doble que el Gran Bilbao). Y es también la ciudad que mantiene una posición más ambivalente de cara a la cita mundialista.
De un lado, las autoridades locales y el comité organizador presentan el torneo como una oportunidad histórica para proyectar internacionalmente la ciudad, atraer inversiones y consolidar su perfil como gran destino deportivo y turístico.
De otro, amplios sectores sociales muestran preocupación por el coste público del evento, la presión sobre la vivienda y los precios, y el riesgo de reforzar un modelo económico excesivamente dependiente de un sector de tan bajo valor añadido y tan precario como el turismo.
Las dudas de Boston
En Boston, mientras, la organización de toda la logística relacionada con el Mundial está siendo controvertida. Solucionada la cuestión del pago de la Seguridad gracias a la intervención de Robert Kraft, uno de los principales problemas ahora es cómo gestionar el transporte hacia el Gillette Stadium de Foxborough, situado a 40 kilómetros de la ciudad. Los precios de los billetes están disparados, y existen dudas sobre si la infraestructura será suficiente para absorber la llegada masiva de aficionados.
Como en Kansas City, existe preocupación por que el Mundial 2026 dispare temporalmente los precios de los alquileres, agravando una crisis de vivienda que ya es muy fuerte en la ciudad. También hay miedo a que el auge de los alquileres turísticos y la llegada masiva de visitantes aceleren procesos de gentrificación y dificulten aún más el acceso a la vivienda para los residentes. Boston, no en vano, es una de las ciudades más caras de Estados Unidos, de manera que la presión inmobiliaria puede terminar siendo insostenible.
El caso de Chicago
En este contexto, algunas voces están alabando el papel jugado por Chicago. La gran metrópoli del interior de Estados Unidos fue sede del Mundial de 1994. En esta ocasión, sin embargo, ha decidido dar un paso a un lado.
Rahm Emanuel, alcalde de la ciudad, ha explicado sin ambages sus razones. “Ellos querían un cheque en blanco por parte de los contribuyentes, y les dije que no se lo íbamos a dar. Querían que nosotros financiemos íntegramente el evento y por eso dije que no”.
Casos de éxito
La celebración de grandes eventos deportivos también deja casos de éxito. Un buen ejemplo es el Mundial de Sudáfrica.
Según el estudio Mega-events and mega-ambitions, de los expertos David Black y Janis van der Westhuizen, este Campeonato mejoró significativamente la imagen internacional del país y aceleró inversiones en infraestructuras y transporte, consolidándose como un éxito en términos de reputación y visibilidad global.
El impacto económico directo y social fue más limitado de lo previsto, según la mayor parte de estudios, especialmente por el alto coste de algunos estadios y unos beneficios turísticos inferiores a las expectativas.
El Mundial de Alemania 2006 también es citado a menudo como un caso de éxito. El país anfitrión logró proyectar una imagen positiva al mundo, a nivel organizativo no se apreciaron fallas y muchas ciudades acometieron inversiones en infraestructuras que han rentabilizado a posteriori.
La mayor parte de expertos en economía del deporte, no obstante, suelen señalar que estos casos de éxito son más bien la excepción. El economista Stefan Szymanski, coautor de Soccernomics, ha cuestionado repetidamente la idea de que un Mundial genere un impacto económico relevante y viene señalando que las expectativas están casi siempre sobreestimadas.
Este profesor de Economía en la Universidad de Michigan, no obstante, señala que en algunos países ha servido para mejorar la imagen de país. Es decir, el beneficio sería, en su caso, más simbólico que económico.
Un problema estructural
Los expertos en esta materia vienen coincidiendo en señalar un problema estructural. El modelo construido por la FIFA prima de una manera absolutamente desequilibrada el beneficio del organismo internacional que gobierna el fútbol, dejando a las sedes en una posición débil.
Las ciudades anfitrionas absorben los gastos en seguridad, infraestructuras, y logística, al tiempo que renuncian a los beneficios fiscales y ven cómo la FIFA puede vetar otros eventos culturales y deportivos. En paralelo, la FIFA se queda con las fuentes de ingresos más lucrativas: la venta de entradas, los patrocinios, los derechos de transmisión y la venta de productos.
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