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La geopolítica del fútbol: el Mundial de Mussolini, la vendetta de Maradona por las Malvinas o el espejismo multicultural de Francia

El fútbol, y especialmente los Mundiales, han sido utilizados históricamente a nivel político con fines más allá de lo deportivo. A lo largo de la historia ha habido muchos ejemplos.
18:00 - 20:00

Los colegiados, haciendo el saludo fascista, en el Mundial de 1934 en Italia

La imagen de los jugadores de la selección italiana realizando el saludo fascista en el Mundial de 1934 ha quedado para la historia como estampa icónica de la Italia fascista de Mussolini. De la voracidad política del régimen fascista en su momento culmen y también de cómo los totalitarismos buscaron utilizar el deporte para sus fines.

Las intersecciones entre fútbol y política, en todo caso, no son exclusivas de los regímenes totalitarios. Al contrario, gobiernos de toda naturaleza y condición, prácticamente sin excepción, han buscado utilizar los éxitos deportivos u organizativos; en ocasiones con fines loables y en otras con objetivos mucho más oscuros.

El componente emocional del fútbol y su dimensión social resultan demasiado relevantes como para esquivar los resortes del poder. Así lo ha señalado el sociólogo británico Alan Bairner: “Excepto en tiempos de guerra, rara vez se siente con tanta intensidad como en los grandes eventos deportivos internacionales la comunión entre los miembros de una nación, que de otro modo podrían ser considerados completos extraños”. El futbol se convierte así en un componente fundamental de lo que se ha conocido como "nacionalismo banal", tal y como señaló Michael Billig en su conocida obra sobre este concepto.

Las victorias y derrotas deportivas se terminan convirtiendo en éxitos o fracasos colectivos. Y las barreras entre deporte y política se terminan difuminando. No han faltado ejemplos a lo largo de la historia

La final en el Estadio del Partido Nacional Fascista

La Copa del Mundo de 1934 es uno de los ejemplos más estudiados de utilización del deporte como instrumento de propaganda. 12 años después de la llegada de Mussolini al poder, Italia aún sufría las consecuencias de la Gran Depresión. El régimen vio una oportunidad excepcional para la propaganda, y buscó proyectar al exterior una imagen de modernidad, orden y fortaleza nacional. Desde el punto de vista simbólico, el Mundial estuvo imbuido de rituales y simbología de carácter fascista.

A nivel deportivo, Italia fue más allá de lo futbolístico para lograr su objetivo de imponerse como anfitriona. La selección italiana contaba con estrellas como Giuseppe Meazza, uno de los mejores jugadores de la época, aunque buscó nacionalizando a jugadores extranjeros o incorporando a varios oriundi, jugadores de origen italiano nacidos en el extranjero. Además, el régimen presionó a árbitros y federaciones para que no se le escapase ‘su’ Mundial.

Las polémicas en relación con posibles amaños siempre acompañará a aquella edición, aunque lo cierto es que Italia se impuso en la final a Checoslovaquia de manera agónica en la prórroga.

El encuentro tuvo lugar en el Stadio Nazionale del Partito Nazionale Fascista, un símbolo arquitectónico del periodo totalitario. La propia escenografía del evento fue concebida para exaltar el poder y la estética del régimen ante una audiencia internacional.

Las imágenes de la final fueron difundidas ampliamente por la maquinaria propagandística fascista como prueba de la fortaleza y vitalidad de la Italia de Mussolini. Y todo lo que rodeó a la final fue lo más parecido a un akelarre fascista. La victoria fue celebrada por el régimen de Benito Mussolini como una demostración del supuesto éxito del fascismo.

La vendetta argentina por las Malvinas

La guerra de las Malvinas de 1982 dejó una profunda huella en la sociedad argentina. La derrota frente al Reino Unido supuso una humillación nacional que trascendió lo militar y se instaló en el imaginario colectivo. Cuatro años después, el Mundial de México 1986 ofreció un escenario inesperado para canalizar aquel resentimiento y consumar la vendetta.

En los cuartos de final del torneo, la Argentina de Maradona se enfrentaba a la Inglaterra de Gary Lineker en un partido cargado de simbolismo político y emocional. El encuentro se presentaba como algo más que un partido de fútbol, aunque terminó quedando para la posteridad por lo deportivo. Diego Armando Maradona marcó dos de los goles más célebres de la historia del fútbol: la controvertida Mano de Dios y el denominado Gol del Siglo.

Maradona reconoció tras el encuentro que la victoria había sido una venetta política: “Esto era una revancha, era recuperar algo de las Malvinas. Estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes muertos, a los sobrevivientes”.

Argentina terminó ganando el torneo de manera brillante. Y Maradona fue el mejor jugador del campeonato. En México 1986, el fútbol se convirtió de nuevo en un espacio donde se proyectaban conflictos e identidades que iban más allá del terreno de juego.

El espejismo del éxito de la Francia multicultural de 1998

La victoria de Francia en el Mundial de 1998 también trascendió el ámbito deportivo. Aquella selección estaba liderada por Zinedine Zidane -hijo de inmigrantes argelinos- y conformada por jugadores de diversos orígenes: Desarilly había nacido en Ghana, Vierira en Senegal, Djorkaeff era de ascendencia Armenia, Lilian Thuram procedía de Guadalupe, Karembeu de Nueva Caledonia, la familia de Thierry Henry  procedía de Martinica y Guadalupe… También eran protagonistas Blanc, Barthez, Petit, y había dos jugadores vascos imprescindibles en el 11 titular: Bixente Lizarazu y Diddier Dechamps.

Durante el campeonato se popularizó la expresión 'black-blanc-beur' para describir la diversidad étnica y cultural de la selección: black, para referirse a los jugadores negros; blanc, para aquellos de ascendencia europea; y beur, término coloquial que designa a los franceses hijos de inmigrantes magrebíes.

Lo cierto es que aquella selección se mostró extraordinariamente sólida y resolutiva. Y se plantó en la final ante el Brasil de Ronaldo Nazario, Bebeto y Rivaldo. Aunque la canarinha era la favortiva, Francia se impuso por un contundente 3-0.

La imagen de la selección campeona se convirtió en un símbolo para la sociedad francesa. Y aquel triunfo fue aprovechado por las autoridades para proyectar una imagen de unidad nacional, cohesión social y triunfo de la Francia multicultural. La conflictividad de las últimas décadas, la marginación de las banlieues y el crecimiento del Frente Nacional -hoy Rassemblement National-, demostraron que se trataba de un espejismo.

Un Mundial para la Sudáfrica postapartheid

La organización del Mundial de Sudáfrica 2010 fue concebida como una oportunidad para proyectar una nueva imagen del país ante el mundo. 16 años después del fin del apartheid, el torneo simbolizaba la consolidación de una Sudáfrica democrática, diversa e integrada en la comunidad internacional. El Gobierno aprovechó el evento para mostrar los avances económicos e institucionales logrados desde la transición democrática.

Además, fue el primer Mundial celebrado en África, lo que reforzó su dimensión simbólica para todo el continente. La inauguración, los nuevos estadios y la participación popular contribuyeron a transmitir una imagen de modernidad y optimismo. Aunque persistían importantes problemas de desigualdad y pobreza, el campeonato fue presentado como una demostración del éxito de la nueva Sudáfrica surgida tras el apartheid.

Los ingresos no compensaron los enormes gastos de organización y construcción, pero el Mundial de Sudáfrica permitió mejorar la imagen internacional del país, reforzar el orgullo de sus habitantes y modernizar las infraestructuras.

El Mundial de Putin

El Mundial de Rusia 2018 también fue interpretado por numerosos analistas como una herramienta de proyección internacional del régimen de Vladimir Putin. La organización del torneo permitió mostrar una imagen de modernidad, estabilidad y capacidad organizativa en un contexto marcado por las tensiones con Occidente tras la anexión de Crimea en 2014.

El Gobierno de Putin fue acusado de sportwashing; es decir, de utilizar el deporte para mejorar su reputación internacional y desviar la atención de cuestiones como el respeto a los derechos humanos de su Ejecutivo.

En todo caso, el éxito organizativo del campeonato permitió al Kremlin reforzar el prestigio del país tanto dentro como fuera de sus fronteras. El fútbol, una vez más, se convirtió en un instrumento al servicio de objetivos que trascendían el ámbito deportivo y entraban de lleno en el de la política.

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