Las calabazas también iluminaban Euskal Herria
Hubo tiempos en Euskal Herria donde se vaciaban nabos y calabazas, iluminándolas con velas. Antes de la llegada de Halloween, eran costumbre ir de caserío en caserío, los disfraces y sustos. Hasta no hace mucho, Arimen Gaua, la noche de las almas, era una fiesta ya arraigada.
La Arimen Gaua de entonces tenía similitudes con la noche de Halloween: vaciaban calabazas y nabos, y agujereaban ojos y bocas, para iluminarlas con velas. Las colocaban en caminos y zonas oscuras, para asustar a la gente. Los y las jóvenes también salían a la calle, con disfraces hechos con harapos viejos, cubiertos de la cabeza a los pies.
También cantaban cancioncillas al ir de caserío en caserío; en cada pueblo tenían la suya. En Mutriku, cantaban "Xesteroren contra, arimen alde" –Xestero era el enterrador de Mutriku–. En Navarra también cantaban: "Zingila, mingila kurriskarina, ireki ezazu armairua" o "aingeruak gara, zerutik heldu gara eta ogia nahi dugu".
Sin embargo, la celebración no perduraría durante mucho más tiempo entre las costumbres vascas. El antropólogo Oier Araolaza ha determinado la causa de tal pérdida en el alumbrado de las calles: "Mientras se generalizaba y normalizaba el alumbrado público, esta fiesta perdió todo el sentido". La Arimen Gaua perduró hasta los años 80; en pueblos pequeños y barrios de extrarradio, los y las jóvenes siguieron festejando la noche de los muertos.
A medida que las costumbres fueron perdiéndose, la noche de Halloween resurgía en Estados Unidos. Según Araolaza, la tradición fue convirtiéndose en "una campaña comercial"; cuando llegó aquí, Halloween era ya una fiesta dirigida al consumo.
Araolaza ha puesto especial atención en los disfraces, en los cuales se observa un gran contraste entre la cultura vasca y la estadounidense: "La idea fundamental del disfraz es el anonimato, desaparecer y adoptar el rol de otra persona. Con los disfraces que se compran ocurre lo contrario: el fin es meramente mostrarse con el disfraz más bonito o extraño. Si nadie te reconoce, es suficiente con ponerse cuatro trapos tal y como se hacía aquí".
Vuelta a las costumbres
Antes de que se llegase a celebrar Halloween, en Mutriku recuperaron las viejas costumbres. "En Euskal Herria nadie celebraba la Arimen Gaua, excepto en Mutriku. En el pueblo tenían conciencia de que era una celebración suya", ha explicado Araolaza. Bajo el nombre de Gaba Beltza, los y las mutrikuarras siguieron con la costumbre de vaciar calabazas.
Es esto último el propósito de Euskaltzaleen Topagunea, llegar a celebrar la llegada del invierno como antiguamente se hacía. Junto a asociaciones de varios pueblos y ciudades, empezaron a organizar la Gau Beltza hace algunos años. Araolaza ha recalcado que tal propósito requiere la cooperación de todos: "¿Si tendrá éxito? En algunos pueblos sí. Pero donde no haya nadie que promueva la Gau Beltza, los niños y las niñas quedarán en manos del Halloween yanki. Celebrarán el 31 de octubre a la americana".
Mientras tanto, los y las que quieran recuperar la noche de las almas seguirán las costumbres. Al fin y al cabo, lo más importante es ser responsable, tal y como afirma Araolaza: "La celebración es tanto suya como nuestra, pero seamos conscientes de qué estamos haciendo. Porque aquí, como allí, se hacía la Arimen Gaua".
Origen desconocido
Es imposible retroceder en el tiempo para conocer hasta cuándo se remonta la Arimen Gaua. Antiguamente, el invierno daba comienzo junto a la llegada de noviembre –se distinguían dos estaciones: verano e invierno–. Durante el invierno, era habitual celebrar rituales asociados al sol, a la naturaleza o a los muertos; eran ceremonias para entender el mundo mismo. Entre estas últimas, la noche de las almas era la primera.
A falta de fuentes antiguas que recojan el festejo, la única manera de imaginarse cómo era la Arimen Gaua es escuchando los testimonios de aquellos y aquellas que lo vivieron. El proyecto Ahotsak.eus, cuyo objetivo es recoger los euskalkis de cada pueblo, recoge algunas vivencias de dicha noche. Al rememorar los años de juventud, más de uno y una recuerda la noche del 1 de noviembre. Así lo narra la elduaindarra Maria Zabala: "Unas chicas corriendo y gritando: '¡El demonio está en el suelo, con ojos gigantes!' ¿Qué sería? Una calabaza grande con agujeros en los ojos. Le di una patada y lo tiré. '¿Os asustáis con esto?'".
La oriotarra Karmele Esnal recuerda las calabazas que solían poner: "¿Halloween? Bueno, eso se hacía en nuestro pueblo. Los chicos vaciaban las calabazas, les hacían agujeros en los ojos y nariz. Metían una vela encendida, y cuando las mujeres bajaban del rosario ponían las calabazas en una callejuela". En Bermeo, Jesus Gangoiti merodeó más de una noche en la Arimen Gaua: "Cuando alguien iba por la calle, empezaba a gritar, ya que no te encuentras a un alma así por así. Luego, te acercabas a mirar y era una calabaza, con una vela dentro".
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