'‘Las letras de Jordi’ retrata la relación de amistad entre dos desconocidos'
La cineasta donostiarra Maider Fernández Iriarte (San Sebastián, 1988) presenta en casa su primer largometraje, “Las letras de Jordi”, que se podrá ver en la sección New Directors de la 67ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. El trabajo fue elegido en la edición de 2017 de Ikusmira Berriak, que promociona, por inciativa de Tabakalera y el propio Zinemaldia, trabajos audiovisuales experimentales e innovadores.
La obra, que se proyectará en la sección destinada a primeras o segundas películas de cineastas, nació como un documental observacional sobre el santuario de Lourdes, pero ha ido mutando para convertirse, entre otras cosas, en una carta de amor a la amistad, el diálogo y la comunicación.
Hemos hablado con Fernández, quien también filmó y firmó varios trabajos (“Gure hormek”, el cortometraje “La chica de la luz” dentro del proyecto colectivo “Kalebegiak”…) como una de las mitades del dúo Las Chicas de Pasaik, sobre su nuevo trabajo.
¿Cómo llegaste hasta Jordi? ¿Cuál fue el clic que dio inicio a “Las letras de Jordi”?
Más que un clic, lo que me acercó a Jordi fue la necesidad. Al principio, quería hacer un documental observacional sobre el santuario de Lourdes.
En aquella época, me encontraba desarrollando el Máster de Documental en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, conocí a un grupo de peregrinos que suelen ir desde allí hasta Lourdes y comencé a ir con la cámara a sus reuniones como parte de la investigación.
Utilicé la cámara como un escudo, para que, por un lado, no esperaran que participara en las reuniones y, por otro, como herramienta para la investigación.
Mientras visionaba las imágenes en casa (y no mientras me encontraba allí grabando) mi atención fue a parar a Jordi: me pareció interesante, una persona auténtica. Le dije que quería grabar entrevistas con él, y me dijo que estaba de acuerdo.
Esas entrevistas que formaban parte de la investigación convirtieron nuestra relación en más profunda e íntima, y, al mismo, tiempo se fueron convirtiendo en el núcleo de la película. Rodaba los encuentros que teníamos una vez por semana, y los visionaba y transcribía en casa. Luego preparaba las preguntas para el siguiente encuentro, mientras escribía sobre el papel las líneas generales, las ideas y el punto de vista de la película.
¿Cuánto tiempo duraron las grabaciones? ¿Cómo trabajabais juntos?
Los principales encuentros, los más intensos, duraron cinco meses. Dos tercios de la película se basan en esas conversaciones. Nos encontrábamos en su habitación de la residencia cada martes por la tarde. Yo llevaba la cámara, el trípode y un par de micrófonos: uno que colocaba sobre la cámara y otro, corbatero, que me ponía a mí misma para que mi voz quedara bien registrada.
Con la cámara, filmaba sobre todo las manos de Jordi y su tablero con letras. La mano de Jordi y su tabla son como nuestros labios y nuestra voz, es así como articula su comunicación “oral” o directa, porque no puede hablar. Yo leía en voz alta lo que él escribía en su tabla, para que se asegurara de que lo entendía y, al mismo tiempo, para que el espectador también lo entendiera.
Al principio, me costaba, a veces no entendía nada, y eso también ha quedado registrado. Pero a medida que avanzaba el tiempo, mientras nuestra relación se estrechaba, nuestra comunicación era más rápida y fluida. Sobre todo era en eso en lo que me fijaba, en nuestra comunicación.
¿Tuviste alguna restricción para rodar en Lourdes? ¿Cómo fue entrar allí con las cámaras?
No tuve problemas. He visitado Lourdes cuatro veces: la primera con mi pareja, en unas vacaciones de Semana Santa, para conocer el santuario, su dinámica, el número de gente y los ritos… Luego fui sola con la cámara para pensar cómo quería filmar las ceremonias. La tercera vez fui con Jordi y el grupo de peregrinos, y la última vez me acompañaron el director de fotografía Carlos Muñoz, la sonidista Amanda Villavieja y la ayudante Alejandra del Barrio, para filmar de manera profesional los ritos que tenía claros.
Lo más asombroso fue que cuando fuimos con un grupo grande fue cuando más fácil tuvimos el acceso. Querían cerrar la cueva de Lourdes solo para nosotras, y el grupo de peregrinos estaba encantado. La primera vez que fui sola no fue así. Me pusieron más obstáculos, pero al terminar el viaje me felicitaron por mi discreción y creo que eso nos ayudó en el último viaje. El tiempo y la preproducción fueron muy importantes para que todo saliera bien.
El guion fue cambiando a medida que rodabas. ¿Qué era Las letras de Jordi en sus inicios y qué ha terminado siendo?
Al principio, era un documental sobre el santuario de Lourdes que pretendía reflejar la relación entre el turismo y la Iglesia. Después fue un retrato de Jordi y su amigo Oriol, y, finalmente, es una película sobre la relación de amistad entre dos desconocidos. Se trata de una película que pone su atención en el valor de la comunicación y su importancia en la necesidad de relacionarse y en la amistad.
¿La ha visto Jordi? ¿Le ha gustado?
Sí, Jordi la ha visto y le ha gustado. Está muy contento con el resultado.
En el documental, quedas muy expuesta ante la cámara. ¿Te has sentido cómoda?
No ha sido cómodo. Era algo que quería evitar, una de las reglas que me puse antes de empezar la película. Pero esa obsesión por evitar mi presencia no le hacía ningún bien a la película, era un obstáculo.
Cuando repasé el material con la montadora Virginia García del Pino, recuerdo que me dijo “tía, ¿sabes que vas a salir en la peli, ¿no?”, y le dije que sí. Estaba claro, y me obligó a aceptar algo que tenía claro.
Fue una gran liberación despejar ese obstáculo que me había impuesto. A pesar de que al principio solo quería poner el foco sobre Jordi, el material más interesante era el que reflejaba la relación y la comunicación entre los dos, así que yo tenía que tener mi papel en la película a la fuerza.
El trabajo se ha gestado bajo el amparo del programa Ikusmira Berriak y se estrenará en la sección New Directors, también bajo el paraguas del Zinemaldia. ¿Qué supone el festival desde el punto de vista de una joven cineasta vasca? ¿Cómo vives el Zinemaldia?
Como cineasta principiante, es una gran oportunidad presentar tu película en el Zinemaldia, le da visibilidad.
La película siempre será la misma, pero el interés de la prensa, las distribuidoras, los festivales y quizás el público puede variar dependiendo de en qué festival estrenes; por lo tanto, es una gran oportunidad poder presentar nuestra pequeña película en el Zinemaldia.
Además, yo soy una donostiarra que vive en Barcelona, y estoy muy contenta de poder presentar a mis amigos y familiares el trabajo que he desarrollado durante los últimos años en la sala pequeña del Kursaal, que no deja de ser grande.
Anteriormente he vivido en Zinemaldia de diferentes maneras, como espectadora y como cineasta, y son dos experiencias muy diferentes. Me gustan las retrospectivas sobre cineastas clásicos ya que te ofrecen la opción de descubrir la obra de un creador. Y, como experiencia, me encanta descubrir películas. Creo que ese es el valor de un festival: ofrecer diferentes opciones y posibilitar que el espectador salga asombrado del cine.
Yo no soy muy cinéfila, pero no puedo olvidar algunas películas que he visto en el Zinemaldia: Los idiotas (1998, Lars Von Trier), The Wild Blue Yonder (2005, Werner Herzog), Los Cronocrímenes (2007, Nacho Vigalondo), Still The Water (2014, Naomi Kawase)… Quizás no sean mis películas preferidas, pero películas que recuerdo y que me asombraron.
¿Cuál era el objetivo de “Las letras de Jordi”? ¿Qué esperas de la película?
Cuando te sumerges en un proyecto así, al menos en mi caso, no tienes un objetivo claro y firme. Es algo que vas construyendo poco a poco: durante el proceso vas eligiendo el punto de vista, la forma en la que acercarte a la historia, la forma de rodar, y en el montaje das forma de película a todo el material recogido.
Siempre hay una serie de criterios establecidos, claro, pero han de ser criterios variables, ya que lo que más me interesa es el proceso. Si ya supiera cuál iba a ser el resultado, no haría películas.
Espero que cree interés en la gente, y que, si ven la película, se emocionen. Creo que la película que hemos hecho plantea muchas preguntas al espectador, y que los empuja a enfrentarse a esas cuestiones.
¿Tienes más proyectos entre manos?
Sí, tengo alguna cosa. Durante el próximo curso pretendo desarrollar el tratamiento de un guion que se llama Mirari, labor que podré hacer gracias a las ayudas al guion del Gobierno Vasco. Tengo algún otro proyecto entre las manos, pero necesito más tiempo para poder trabajarlos. Se trata de trabajos que solo están en una fase inicial.
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